- Relatos -
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LA CASA DE TAPUGON
(canto en prosa) 1998,
en donde el autor se encuentra con la naturaleza y nos recrea
esbozando los paisajes coloriados con dulzura, revive y rememora
nostálgicas escenas del pasado, con un manejo estético y retórico
del realismo mágico literario, de ágil, brillante, propio y
depurado estilo, lleno de ternura, dándoles matices poéticos, con
un lirismo rítmico y sonoridad musical, característica de una
verdadera obra poética en prosa.
(págs.23,24,25,26 y 27)
ESPERA DEL
TIEMPO
(viaje de Lima a Tauca)
El blanco gris del cielo de Lima, lánguido y apagado se
adentraba friolentamente en las fisuras del decidido deseo de los
viajantes; quienes friccionando las manos y bien protegidos del
invierno, aguardaban el momento del desplazamiento vehicular; como
quién vuelve otra vez, al lugar de donde hace algunos años atrás,
partió alzando vuelo en busca de la esperanza.
Era un primer día del mes de Agosto, que viajaban los hijos de
TAUCA, residentes en la ciudad de Lima, capital de la República; con
destino a la fiesta patronal de Santo Domingo de Guzmán, que se
acostumbra celebrar anualmente, en la primera semana del mes antes
referido.
El viaje se realizaba, en el único vehículo de transportes
interprovincial de pasajeros “Montero”, que salía dos veces por
semana, de la ciudad de Lima, con destino a la ciudad de TAUCA y
viceversa (actualmente hay otras empresas más que se disputan la
ruta, con mayor frecuencia y modernidad). Todos los pasajeros,
abordaban con prisa y preocupados en sus equipajes; algunos
meditabundos y abstraídos en sí mismo, como quién ocultara algo en
sus adentros y llorara sus recuerdos en el extremo de la alegría.
Y después, de varias horas, de incomodo viaje: se amanecía
fatigado y cansado, bordeando la curva carretera de tierra afirmada,
de la vertiente o de la cuesta de Calaball; momentos más
tarde, ya se observaban a lo lejos, las faldas de los cerros, que a
los extremos se iban quedando: el río de Tablachaca al fondo,
Calipuy al frente. La Galgada, Quiroz, Cocabal, Matal y
Ancos, hacia más abajo; Llapo y Santa Rosa (antes
Cajamala) al otro extremo del río de Ashoc, que va dar sus
aguas al río de Tablachaca y éste, al río Santa
caudaloso, a la altura de la antigua estación del ferrocarril de
Chuquicara.
El amanecer se había desparramado, cual ramilletes de flores
anaranjadas, sobre los cerros circundantes; tiñéndose rápidamente de
púrpura limón sus cumbres y de claras sombras sus valles;
desprendiéndose la naturaleza toda, de su sueño de aurora, para
cantar en los árboles y en los tejados de todo el Distrito de
TAUCA, la fervorosa alegría de fiesta, esperada por los visitantes
limeños que recientemente iban arribar.
Después, de serpentear el paraje o el lugar denominado
Ticapampa; y luego, de bordear Colgayunga; abrí las
polvorientas lunas del vehículo, en el que viajaba y ansioso,
distinguía a lo lejos, al frente la ciudad de Cabana, con la
mayoría de sus techos de calamina, fosforeaba como la misma nevada,
recostada en su vertiente, esperando los rayos del sol.
Inmediatamente, vienen unos tras otros, los lugares de Ayja,
Llactabamba, centro poblado de Hualalay y Quichua,
van quedando al fondo; formando el verde valle de árboles y
alfalfares, propios de esta estación de verano del mes de Agosto.
Luego, recojo mi mirada y me echo a recorrer por encima de los
parajes de Alaypampa, Parga, Rumbamba, Ahua,
que todavía ensombrecidas por las penumbras, de los rayos de color
de limón, que desciende del sol de la mañana, que lentamente recién
va creciendo y bañando de claridad las vertientes del cerro de
Angollca, como una falda llena de coloradas manzanas, por
solearse sobre las tierras arenosas de Alaypampa y Hualgayoc.
La mañana de aquel día, la mañana empieza a desbordarse, en raudos
destellos purpurinos, sobre todas las alturas.
Las sombras, se van consumiendo por todo el valle; como si alguien
la barriera hacia las hondonadas, para arrinconarse en algunas de
sus grietas abandonadas, a donde no llega la voz del silencio ni
menos la caricia de la aurora.
¡Oh! Que admiración, ¡Qué! maravilla, regocijaba tanto y tanto mi
alma, cuando sobre paré la mirada, para escudriñar mejor a la
distancia... entonces observé, frente a mí, las vertientes del cerro
de Angollca, se deslizaban sus peñas cuesta abajo, hasta
llegar al verde oscuro valle que aún todavía dormía, esperando la
naciente mañana.
El sol, desde la cumbre mas alta, con el
abanico de sus rayos, iba ganando cada vez más y más a la fresca
sombra, que se encontraba cansada y recostada, sobre la inclinada
cuesta del frente y con mayor precisión y detenimiento contemplaba
el lugar denominado “TAPUGON”,
que al profundizarme percibía,
sentir aflorar los más profundos recuerdos, sobre aquel verdor de
sus alisos, sobre aquel verdor de sus eucaliptos; y aun más, de
aquel frondoso eucalipto que había crecido en el centro mismo del
terreno, junto a la serpenteante carretera afirmada, tenia una base
gruesa de tallo, de tres metros de diámetro aproximadamente, sus
raíces se bifurcaban dentro de la tierra a varios metros de
distancia, para ser más sólida su resistencia a los vientos; y una
altura de más de cien metros de alto con una amplia frondosidad de
sus ramas, que por su antigüedad de siglos, lozanía y forma
característica que mantenía, era admirado por los transeúntes, que
diariamente pasaban por debajo de su sombra; ya que, tenía
exactamente la forma de un árbol de Navidad de gran tamaño.
Precisamente el atractivo primordial era ese árbol, ese
árbol único y característico, testimonio de mis antepasados; se
distinguía a lo lejos, el resplandor de sus verduscas hojas
plateadas, y la penumbra de algunos siglos, escribía su propia y
larga historia; en ese paisaje sin par, completaba el cuadro
pintoresco del lugar; que en su conjunto discurría por las
profundidades de mi sangre, como tantos manojos de hierbas y
variados hacecillos florales que se guardaban durante tantos años
en el mismo centro de la pileta de mi alma.
Recreando la mirada, sobre aquellos árboles, alegremente la
profundice dentro de sus ramas y luego observé que dentro de la
verdusca obra de arte natural del paisaje,
se ubicaba la casa de campo, llamada por
todos mis familiares y habitantes del lugar; y hoy también, por mí,
como la “CASA DE TAPUGÓN”, como la pequeña morada del
recuerdo, como el rincón de mis sueños, como, algo, que se ocultaba
en el fondo de mi corazón; mas aún, se distinguía, su construcción
de adobe y barro, expuestos a los efectos del tiempo a lo lejos y
también confusamente se apreciaba a lo distante sus envejecidos
tejados, de mi antiguo firmamento.
Toda esta pintura artística natural, se resumía en un solo ramillete florido de la memoria del pasado y que discretamente se escondía, en el hoyo más insondable y sagrado de la cavidad de mi pecho; como una huella impregnada en el cielo y regadas por las arterias de mi cuerpo; y que, tendida a la pálida luz del sol, descansa sobre un pedazo de lienzo gualdado y fragancioso, que abraza la fugas dicha, como a un niño de carita inocente, sonriente; bajo la sombra de tantos años atrás, de tantos recuerdos, que poco a poco se van borroneando en el inevitable olvido.”......( continúa ) |